lunes, 22 de diciembre de 2014

On my way to happiness

Pensé que la felicidad era cuestión de tener todo lo que siempre había deseado. Me equivocaba.
La felicidad en sí sola no existe, solo existen diferentes píldoras que la vida te entrega diariamente, es como la metáfora esa de Jesús picando tu puerta, solo que el lugar de encontrarte a Jesús te encuentras a personas, situaciones o cosas que no tienen ni una pizca de relación entre si ni con tu felicidad y entonces es cuando tu decides si quieres cogerlas o dejarlas pasar.
No te voy a mentir, durante más de cuatro años, las he dejado pasar todas, excepto algún par por eso nunca era feliz. Me sentía vacía, iba detrás de un imposible, llamado amor o relación tóxica, que lo único que me aportaba era dolor, sufrimiento y caídas. Entonces abrí los ojos de repente, me dí cuenta que así nunca llegaría a nada y que para poder cumplir todos mis sueños y expectativas necesitaba coger esas malditas píldoras que durante una temporada consideraba piedras.
Las recogí, las metí todas en una caja y cuando me dí cuenta, estaba en esa vida que siempre había soñado tener. Tenía esa estabilidad tan deseada, tan buscada, tan reclamada y con eso me bastaba.
Claro está que esas píldoras las tienes que cuidar, las tienes que alimentar de amor, las tienes que conservar a la perfección y si se intentan separar tienes que luchar para que se recompongan de nuevo.
Esas píldoras son cada una de las vértebras que construye mi columna vertebral, empezando por los amigos, pasando por la familia y acabando por mi novio. Cada una de esas personas que hace falta querer para poder ser feliz. Porque la individualidad y el egoísmo solo te llevan al infierno, pero en cambio saber conservar esas famosas píldoras solo te llevan a ser feliz.

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