Él era blanco y yo era negro.
Él era luz y yo oscuridad.
Él era felicidad y yo la soledad.
Él era el día y yo era la noche.
Él era el optimismo y yo el pesimismo.
Él era la alegría y yo la tristeza.
Él era el bueno y yo la rebelde.
Él creía en el amor y yo en el odio.
Él era el natural y yo era de plástico.
Él era familiar y yo no creía en nada.
Él era inocente y yo ya la había perdido hace tiempo.
Él era rectitud y yo una curva sin ángulo.
Él era el sol y yo la luna.
Y aun así conseguimos encontrar un equilibrio y crea una escala de colores. Porque no hay negro sin blanco y es más bonito vivir en tonalidades que en extremos. Y, sobretodo, prefiero mil momentos de colores que un solo pensamiento sin color, y sin él.

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