Un día me levanté y el cielo dejo de estar azul para pasar a ser gris. Mis ojos ya no eran marrón chocolate caliente sino que pasar a simplemente ser marrones. Los arboles ya no se movían angelicalmente al son de viento sino que solo se balanceaban sin gracia alguna. Las personas ya no sonreían a extraños sin ninguna razón aparente sino que sencillamente ignoraban los pasos de unos y de otros. Y entonces fue cuando me paré antes de continuar mi rumbo sorprendida por estos cambios de un día para el otro y comprendí que no era todo el mundo el que había cambiado sino que era yo la causante de todas y cada una de estas modificaciones. Y me di cuenta por una simple y tonta razón: mi corazón ya no latía al ritmo de una campana cada vez que salia a la calle sino que se dedicaba a hacerlo para seguir vivo.

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