Y esta historia empieza así:
Había una vez, en un pueblo costanero una chica más rota que entera. Esta, tenía una autentica fachada de rebelde: Chupa de cuero, pelo pelirrojo fuego, botas altas militares y un pitillo en la boca. Parecía que nada la paraba. Una alma libre, un putón en cuerpo de mujer. Una zorra para muchas, una puta para otros. Pero ella era feliz.
La principal razón a todos y cada uno de sus actos era el miedo a querer. Su corazón ya no era el mismo. De su propia boca solo salían mentiras y lo peor es que nadie de daba cuenta.
Entonces, lo conoció a él. Nada de especial, solo una bonita sonrisa en el cuerpo de un chico fachada y gracias al alcohol se dio cuenta que en el fondo eran más parecidos de lo que parecía.
No iba a mentir, ya había puesto sus ojos de gata en él. Un buen polvo y arreglados pero eso empezó a cambiar cuando empezaron hablar cada día un poco más. Y un poco más. Y un poco más.
Nunca lo hubiera imaginado pero se dio cuenta que la verdadera razón por la que se levantaba y iba a su calvario para no quedarse en casa era para interactuar con él. Aunque fuera solo una simple mirada.
Y así fueron pasando los días, los momentos, los minutos y las horas y se dieron a conocer.
En el fondo la chica rebelde tenía un corazoncillo debajo de toda esa fachada y por un momento la ilusión de que él se acordarse de ella cada noche le hacía su día a día en la casa de locos más llevadera.
Esta chica cometió el mismo error de siempre: la ilusión.
Porque en el fondo es todo lo que ella necesitaba, una persona que se preocupase por ella hasta un punto. Lo difícil siempre fue lo suyo. Y como siempre le pasó así sucedió y antes de que se diera cuenta ya estaba enganchada.
Llegó hasta tal punto que se fue de fiesta y no pensó en nada más. No hizo lo de siempre y sus amigas se dieron cuenta de ello pero el problema se creo cuando de repente todo eso se heló.
Y ella no entendía el porque ahora que ella se sentía tan bien todo le daba la vuelta. No entendía porque la vida siempre le devolvía la misma moneda de cambio y cuando estaba más al frente de la montaña a punto de tocar la cima siempre venía una alud que la devolvía a su fría y cruda realidad de existencia.
Siempre era la misma canción, siempre se repetía el mismo verso. Era como el estribillo de su vida pero no era alegre como ella esperaba
sino que más bien le recordaba cada segundo que ella nunca viviría esa vida.
Ya que era la chica rebelde que nunca sentiría el amor de verdad. Nunca de una manera recíproca.

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